
Había varios árboles a su alrededor.
Amenizaban el momento.
Simplemente estaba sentada con la mano en la barbilla,
pensando en sinsentidos,
y de momento avivava sus ojos,
como si una gran idea hubiera atravesado sus pensamientos,
pero luego regresaba a su semblante de completa ausencia.
Le gustaba aquel lugar,
se sentía en armonía.
La frangancia de los árboles,
el suelo suave por las hojas caídas,
el silencio natural.
Disfrutaba de su soledad.
Disfrutaba de sus pensamientos.
No le pasaba la edad.
Hablaba consigo misma.
Saboreaba sus argumentos,
a veces los escupía,
amargos le salían,
y peor le sabían.
Los que eran dulces,
los enjuagaba con realidades,
no le gustaban las ilusiones,
ni los falsos ideales.
¡Pero le encantaban las fantasías!
Y los mundos surreales.