"¿Y me vas a amar hasta mañana?" pero sonaba como un cliché mamón y mejor ya no le dije nada. Miraba su tranquilo rostro invadido de paz, tranquilidad. Era tan él. Tan dulce y a la vez tan lleno de una virilidad que deshace. A mí me volvía loca el simple hecho de que rozara mis manos. Frecuentábamos ese horrible café que a ninguno de los dos nos gustaba, pero el juego de miradas de un lado de la sala al otro era lo que nos hacía seguir acudiendo a ese local. Hasta que un día se animó, camino a mi mesa, se sentó y me invitó un café. No hablamos durante toda la estancia. Terminamos nuestros respectivos cafés, me despedí, así como él y cada quien por su lado. Al siguiente día ya me estaba esperando en la mesa que yo siempre tomaba, y no en la suya, cruzando el lugar. Me senté y le dije mi nombre. Dijo el suyo, y nuevamente fuimos silencio hasta que nuestras tazas se vaciaron. Y nuevamente cada quien tomó su camino. Compartimos la misma mesa por tres meses. A partir de que nos presentamos no cruzamos palabras de nuevo, nos mirábamos fijamente, compartíamos el lenguaje de las miradas. La conexión era extraña, nos reíamos a la vez como si hubiéramos oído el pensamiento del otro, o hacíamos muecas, pero siempre concluíamos. Llego el día que me tomó de la mano. Y elevándose sobre los capucchinos me robó un beso. Y estuvimos en esa incómoda posición hasta que se separó de mis labios, dejó la cuenta y salió tranquilamente mientras yo me quedaba anonadada esperando que mis músculos se relajaran por las múltiples sensaciones que provocaba ese hombre en mí. Tome mi abrigo y salí. Para el siguiente día llegué yo primero. Luego él y me saludo "Hola, disculpa la hora, pero salió un compromiso, ¿ya pediste algo?". No me daba cuenta que ahora lo esperaba y que su retraso me ponía nerviosa. No sé que cara puse que replicó "¿pasa algo?". Su voz. Desde que dijo su nombre no había tenido tiempo de escucharlo hablar tan claro. Una voz tan única. Mi piel se erizó, él me miro con curiosidad, soltó una risita y se agachó a besarme. "Espero que recuerdes mi nombre". ¿Cómo olvidarlo si todos los días me levantaba con la promesa de encontrarlo en el café, con su traje, el olor de su colonia y el sabor de sus labios a expresso?. "¿No hablas?" me dijo después porque me perdí en su mirada por algunos minutos "perdón" dije. "¿Por qué?" contestó, mientras me miraba como cuando un niño ve un regalo de navidad. "Porque no he sabido reaccionar de manera adecuada a tu pregunta. Recuerdo tu nombre, tu fragancia, tu forma de peinarte, tu formalidad, y es extraño porque no sé nada de ti. No sé de donde eres, no sé en qué trabajas, pero siento como si te conociera de toda mi vida. Como si el primer día que nos vimos era como si te hubiera vuelto a ver, porque mi corazón se estremeció de jubilo y se animó como nunca lo había hecho con nadie" paré. No alcanzo a comprender como dije todo eso. No hablaba y resulté una conversadora seria. "vaya, no esperaba todo eso. Pero, ¿Y si te digo que sentí lo mismo? No se si sea apresurado, pero ya que nos estamos sincerando, cuando te ví, sentí que te amaba. Que llevaba una eternidad esperándote y cuando pasaste frente a mis ojos esa tarde, sentándote en este lugar cerca de la ventana, te amé. Cuando al siguiente día llegaste nuevamente te ame más, y cuando me miraste por primera vez, imagínate. No cabía en mi alegría. No sabia como acercarme sin parecer desesperado, porque así estaba. Ansioso de estar junto a ti. Tampoco sé por qué aquel día precisé entrar a este local. Un impulso me trajo aquí, y ese mismo día aquí te encontré. Perdóname si soy atrevido, pero te amo. No he amado como te estoy amando. Y..." me Levante y lo besé. Lo besé. Se paró y me colgué de su cuello. Duramos una eternidad ahí. En el momento que tomamos un respiro ambos nos apresuramos a tomar nuestras cosas y salí del lugar de su mano como si no quedara tiempo que perder. Terminamos en su casa y heme aquí todavía preguntándome si me va a seguir amando mañana. Que necia que soy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario